El conflicto comercial entre Canadá y Estados Unidos escaló de manera drástica con la entrada en vigencia de un duro esquema de aranceles dispuesto por el gobierno de Mark Carney.
La medida británica-canadiense golpea de lleno a importaciones estadounidenses por unos US$ 20.000 millones, aplicando alícuotas retaliatorias de entre el 15% y el 50% sobre insumos y bienes clave como acero, lácteos, electrónicos y pulpa de papel, en un claro contraataque a los tributos fijados previamente por la administración de Donald Trump.
La decisión de Ottawa representa una respuesta directa a las tarifas impuestas por Washington en agosto, buscando equiparar el impacto económico sobre sus industrias y demostrando que no cederá ante la presión del Capitolio. Sin embargo, el choque tarifario hace crujir una de las cadenas productivas más integradas del planeta, donde el 60% de las importaciones de Canadá provienen del mercado norteamericano y el 70% de sus exportaciones tienen como destino la potencia vecina.
El quiebre de las negociaciones bilaterales dejó al descubierto la intransigencia de ambas administraciones para alcanzar un punto de equilibrio. Mientras Trump ya amenaza con extender los castigos hacia las industrias aeronáutica y automotriz, el ejecutivo canadiense tuvo que disponer un fondo de rescate de US$ 5.400 millones para amortiguar el impacto financiero sobre las empresas locales damnificadas por el conflicto diplomático.
Con las conversaciones formales suspendidas y sin una mesa de diálogo a la vista, el enfrentamiento arancelario amenaza con profundizar el estancamiento comercial en la región. La contundencia del paquete aplicado por Canadá deja en evidencia que la guerra de tarifas está lejos de encontrar una tregua, condicionando la estabilidad económica de ambas naciones en las próximas semanas.
