El peligro de una conflagración bélica internacional vuelve a situarse en niveles de máxima alerta tras la filtración de los planes del Pentágono. La administración de Donald Trump evalúa incluir en un eventual ataque contra la infraestructura nuclear de Irán a la bomba GBU-43/B (MOAB), la munición no nuclear más potente del arsenal estadounidense. Con casi diez toneladas de peso y capacidad para arrasar el equivalente a nueve manzanas urbanas, la sola contemplación de este armamento evidencia la peligrosidad de la escalada armada en Medio Oriente.
Pese al despliegue propagandístico y al impacto psicológico que persigue el uso de semejante megabomba, analistas militares de la propia inteligencia norteamericana ponen en duda su utilidad estratégica real. Diseñada para estallar en el aire y generar una devastadora onda expansiva sobre la superficie, la MOAB carece de capacidad de penetración sobre estructuras blindadas a gran profundidad, como el complejo de Pickaxe Mountain, protegido por gruesas capas de roca de granito donde se sospecha que el régimen iraní resguarda sus insumos nucleares.
El antecedente de su único uso operativo en 2017 contra posiciones del Estado Islámico en Afganistán no garantiza que el despliegue en territorio iraní logre neutralizar el programa atómico de Teherán. La insistencia en considerar opciones de semejante magnitud expone las contradicciones de una política exterior que recurre a la intimidación destructiva masiva frente a la imposibilidad de sostener intervenciones terrestres, dejando a la comunidad internacional al borde de un desenlace impredecible.
