El crédito acumulado en los años de gloria se agotó y en Paraná la tensión es absoluta. Este domingo a las 16, Patronato disputará ante Agropecuario de Carlos Casares su último partido como local de la temporada 2026 de la Primera Nacional, en un marco donde el fantasma del descenso dejó de ser un temor lejano para convertirse en una amenaza inminente. Ubicado a tan solo un punto de los puestos de pérdida de categoría a dos fechas del final de la fase regular, el conjunto de barrio Villa Sarmiento atraviesa la semana de mayor estrés deportivo en dos décadas, obligado a ganar para no sepultar su plaza en el fútbol profesional.
La agonía del presente contrasta de manera dramática con la era dorada que el hincha del Rojinegro saboreó durante los últimos 20 años. Desde el histórico despegue del Torneo Argentino B en 2008 y la consolidación en el profesionalismo en 2010 de la mano de Marcelo Fuentes, el «Santo» supo construir una mística de resistencia que lo llevó a la Primera División en 2015 y al hito sin precedentes de conquistar la Copa Argentina en 2022. Sin embargo, el desmanejo de las últimas campañas, la dispersión de objetivos y el desgaste de planteles que no estuvieron a la altura terminaron por liquidar el margen de error que sostuvo al club en la elite.
Tras deambular sin rumbo durante 34 jornadas donde nunca rozó la zona de clasificación al reducido, la realidad deportiva obligó a asumir un triste papel secundario: pelear por la mera supervivencia. Aunque Patronato aún depende de sus propios resultados, la falta de funcionamiento y el pánico escénico exponen el fracaso de una gestión futbolística que dilapidó años de crecimiento institucional. Con la gente jugando su propio partido desde las tribunas del Presbítero Grella, el equipo se juega la historia entera ante Agropecuario en un choque donde un traspié puede significar el golpe final y el retorno definitivo al barro del fútbol del interior.
